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Cuando en 1822, el Francés Jean-Francois Champollion, logra descifrar los jeroglíficos Egipcios, habían transcurrido para entonces muchos años desde que el último de los Ra M Sés (Hijos del Sol), abandonase para siempre aquellas tierras. Champollion el Joven, como se hacía llamar, nunca antes o durante su descubrimiento había pernoctado en Egipto.
El prodigio de Figeac nos demostró que para saber que el título de Faraón proviene de las palabras Phra o Phre que significan Sol, no era necesario visitar los dominios de Aquél. ¿Cómo pudo esto ser posible? A decir verdad, la piedra Rosetta ayudó, pero no lo suficiente.
¿Dónde el galo encontró las subsiguientes respuestas?
Hoy me atrevo a decir que fueron las respuestas mismas, las que hallaron en el voluntarioso Jean-Francois, el emisario perfecto: incansable, dedicado, indiferente a cuanto no estuviese relacionado con Napoleón o el Antiguo Egipto.

 

 

 

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