No tengo tiempo de suicidarme (Impreso)

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La maleta seguiría en la cornisa hasta el final. Aun amando la vida, pero no su vida, Alice se preguntaba si podría llegar tan lejos a través de su conciencia y su lejana realidad.

Buscando la cima del Tibet dentro del cautiverio mental donde vivía, Alice se preguntaba si era el lugar correcto donde encontraría su libertad.

En su trabajo de restauración de arte, pensaba que los cuadros antiguos, rasgados por el pasar de los años, podían quedar como nuevos cuando los restauraba con sus propias manos.

¿Cómo es que un cuadro antiguo, rasgado, lastimado, astillado colgado en la pared, viendo pasar el tiempo, los minutos, los segundos, el amor, las tristezas, las personas frente a él, podía ser restaurado en las manos de Alice, mientras ella no se podía cuidar el corazón?

¿Qué fue lo que le arrebató el alma?

Las personas que han sido lastimadas, aunque curen y sanen sus heridas desde lo más profundo de su alma y su ser, no pueden ser las mismas nunca más. Necesitan libertad para poder sobrevivir en esa fragilidad que es vivir.

“No puedes sanar en el mismo lugar que enfermaste”, le decía Lou. Las constantes experiencias de la tía Lou le recordaban a Alice quién fue ella algún día, su luz estaba apagada, necesitaba prenderla en el verdadero significado que es vivir.

¿Alice no quería vivir? O no la dejaron vivir.

                        

 

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